Che Guevara

Asignatura: Cultura Visual
Profesor: Cristián Gómez. Diciembre, 2008

En 1960, Alberto Korda capturó una imagen del Che Guevara que desde finales de la década de los sesenta empezaría a alimentar un ímpetu mitológico-gráfico-capital en torno a la repetición de tal imagen. Si se piensa en el origen de la fotografía capturada por Korda, éste sería el momento único que considera la imagen tanto en lo petrificado (individual) como en lo transitorio (multitudinario). En la naturaleza petrificada, la imagen de Korda se presenta como tal, una captura, una elección y acción técnica que tan sólo acontence. La imagen de Korda está petrificada, la primera imagen, la captura. La  fotografía es el único momento en que el análisis es exacto en su presentación pero que, a la vez, es descontextualizada, desde la zona histórica, por el fetiche, al hacer de ésta imagen un icono, impulsando el desplazamiento de las técnicas a un lugar en donde el capitalismo se apropia y disfraza la revolución de manera conciente. El contexto primario ya no es evidencia, pero anécdota, para el nuevo consumidor.

Identificar la autoría de una imagen propone en sí un “orden” al espectáculo. La autoría sitúa el origen del detalle (Debord:3) previo a la construcción masificada de mercancía, ya que si la imagen impresa es en sí potencial de ésta, la captura es el momento único que inicia la relación que establece el espectáculo y que, en su imposición, concretiza el estado de la mercancía. Es por esta razón que el espectáculo se sitúa en el análisis. Citando a Debord, el espectáculo es “una visión del mundo que se ha objetivizado” (Debord:1) lo cual genera dependencia social. Las repeticiones del trabajo de Korda generan una multitud de técnicas las cuales dependen de contextos individuales. Sin embargo, la necesidad de recurrir a las descontextualizaciones de las zonas históricas, genera una nueva red de relaciones en torno a un icono en su (des)cualidad de posesión.

Se podría argumentar que el momento de captura fotográfica sitúa una separación entre el sujeto histórico y el mítico, pensando en la consecuencia fotográfica, el registro a modo de evidencia, la constitución inmediata de un sujeto desde la mirada al objeto fotográfico registrado. Sin embargo, la edificación de la mercancía que sujeta la posterioridad de la imagen de Korda, no es más que una consecuencia entre lo que Mieke Bal llamaría anclaje social y espectáculo, ya que es ésta la imagen en particular la que alimenta el sueño de la microsubversión desde la posesión, siendo esta la antítesis histórica de la revolución, y que es parte de una suerte de atraso temporal, tiempo mítico; querer ser parte ella, pero tener la noción borrosa de ser un mero receptor inadaptado.

La reproducción de técnicas acompañadas por su administración invocan al sujeto histórico fotografiado, Che Guevara en contexto, pero que desde el transito se va destruyendo en un símbolo de una revolución apropiada por el sueño; en donde la imagen estimulada por el fetiche genera el deseo del otro, una suerte de héroe mitológico blanqueado políticamente por relaciones establecidas que necesitan de la cosificación para satisfacer el deseo.

La posesión del Che se convierte en material concreto desde el consumo, desde el sueño de pertenecer a la resistencia, aunque el sujeto revolucionario comience en la individualidad, ya que el deseo del líder es un reconocimiento multitudinario hacia la reivindicación de cierta diferencia. Al contrario, el sujeto consumidor se enmarca desde la multitud, tanto en quien lo piensa de manera previa como en si mismo. El deseo por la alteridad, en este caso, es de pre-individualidad; no en la idea primaria del héroe, o la captura fotográfica, pero en aquella huella en la cual se genera una conveniencia de cosificación por el mercado; huella que bajo la dialéctica, necesita ser reivindicada debido a su propia antítesis; la reificación en mercancía.

Citando a Debord, “el espectáculo es materialmente la “expresión de la separación y el alejamiento entre el hombre y el hombre” (20). Se podría argumentar, bajo la cita, que la imagen del Che Guevara capturada por Korda es tanto separación como lejanía. Sin embargo, al ser el origen inamovible a la zona histórica, la separación real y compleja de este ejercicio es la separación de la evidencia política de la imagen al hacerla suministro de la moda; moda que, en este caso, pretende manipular a su consumidor en una promesa vacía de subversión, cuando en verdad el ejercicio conciente es contraponer el despertar de ésta misma sin perder el contrato visual que persigue ésta imagen como si fuese única. La única singularidad de la imagen, es su captura como evidencia histórica y el deseo, ajeno y secreto, de quien le distribuye y repite por primera vez.

En 1960, Alberto Korda capturó una imagen del Che Guevara que desde finales de la década de los sesenta empezaría a alimentar un ímpetu mitológico-gráfico-capital en torno a la repetición de tal imagen. Si se piensa en el origen de la fotografía capturada por Korda, éste sería el momento único que considera la imagen tanto en lo petrificado (individual) como en lo transitorio (multitudinario). En la naturaleza petrificada, la imagen de Korda se presenta como tal, una captura, una elección y acción técnica que tan sólo acontence. La imagen de Korda está petrificada, la primera imagen, la captura. La  fotografía es el único momento en que el análisis es exacto en su presentación pero que, a la vez, es descontextualizada, desde la zona histórica, por el fetiche, al hacer de ésta imagen un icono, impulsando el desplazamiento de las técnicas a un lugar en donde el capitalismo se apropia y disfraza la revolución de manera conciente. El contexto primario ya no es evidencia, pero anécdota, para el nuevo consumidor.

Identificar la autoría de una imagen propone en sí un “orden” al espectáculo. La autoría sitúa el origen del detalle (Debord:3) previo a la construcción masificada de mercancía, ya que si la imagen impresa es en sí potencial de ésta, la captura es el momento único que inicia la relación que establece el espectáculo y que, en su imposición, concretiza el estado de la mercancía. Es por esta razón que el espectáculo se sitúa en el análisis. Citando a Debord, el espectáculo es “una visión del mundo que se ha objetivizado” (Debord:1) lo cual genera dependencia social. Las repeticiones del trabajo de Korda generan una multitud de técnicas las cuales dependen de contextos individuales. Sin embargo, la necesidad de recurrir a las descontextualizaciones de las zonas históricas, genera una nueva red de relaciones en torno a un icono en su (des)cualidad de posesión.

Se podría argumentar que el momento de captura fotográfica sitúa una separación entre el sujeto histórico y el mítico, pensando en la consecuencia fotográfica, el registro a modo de evidencia, la constitución inmediata de un sujeto desde la mirada al objeto fotográfico registrado. Sin embargo, la edificación de la mercancía que sujeta la posterioridad de la imagen de Korda, no es más que una consecuencia entre lo que Mieke Bal llamaría anclaje social y espectáculo, ya que es ésta la imagen en particular la que alimenta el sueño de la microsubversión desde la posesión, siendo esta la antítesis histórica de la revolución, y que es parte de una suerte de atraso temporal, tiempo mítico; querer ser parte ella, pero tener la noción borrosa de ser un mero receptor inadaptado.

La reproducción de técnicas acompañadas por su administración invocan al sujeto histórico fotografiado, Che Guevara en contexto, pero que desde el transito se va destruyendo en un símbolo de una revolución apropiada por el sueño; en donde la imagen estimulada por el fetiche genera el deseo del otro, una suerte de héroe mitológico blanqueado políticamente por relaciones establecidas que necesitan de la cosificación para satisfacer el deseo.

La posesión del Che se convierte en material concreto desde el consumo, desde el sueño de pertenecer a la resistencia, aunque el sujeto revolucionario comience en la individualidad, ya que el deseo del líder es un reconocimiento multitudinario hacia la reivindicación de cierta diferencia. Al contrario, el sujeto consumidor se enmarca desde la multitud, tanto en quien lo piensa de manera previa como en si mismo. El deseo, en este caso, por la alteridad es el de pre-individualidad, no en la idea primaria del héroe, o la captura fotográfica, pero en aquella huella en la cual se genera una conveniencia de cosificación por el mercado; huella que bajo la dialéctica, necesita ser reivindicada debido a su propia antítesis; la reificación en mercancía.

Citando a Debord, “el espectáculo es materialmente la “expresión de la separación y el alejamiento entre el hombre y el hombre” (20). Se podría argumentar, bajo la cita, que la imagen del Che Guevara capturada por Korda es tanto separación como lejanía. Sin embargo, al ser el origen inamovible a la zona histórica, la separación real y compleja de este ejercicio es la separación de la evidencia política de la imagen al hacerla suministro de la moda; moda que, en este caso, pretende manipular a su consumidor en una promesa vacía de subversión, cuando en verdad el ejercicio conciente es contraponer el despertar de ésta misma sin perder el contrato visual que persigue ésta imagen como si fuese única. La única singularidad de la imagen, es su captura como evidencia histórica y el deseo, ajeno y secreto, de quien le distribuye y repite por primera vez.