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		<pubDate>Fri, 11 Feb 2011 20:35:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Nicolás</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
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		<category><![CDATA[Gesto Mecánico]]></category>
		<category><![CDATA[Karen Hermosilla]]></category>
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		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[Apuntes sobre género y voz en &#8220;La Mueca Sardónica&#8221; de Karen Hermosilla &#160; En el prólogo a Gesto Mecánico, Sergio Madrid escribe: &#8220;No estamos acostumbrados a una voz femenina tan bizarra y calentona; y al mismo tiempo tan política, como la que tenemos entre manos&#8221;. Lo que pareciera ser una introducción amena y a la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=atardos.wordpress.com&amp;blog=6557858&amp;post=653&amp;subd=atardos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align:center;">Apuntes sobre género y voz en &#8220;La Mueca Sardónica&#8221; de Karen Hermosilla</h2>
<p style="text-align:justify;">&nbsp;</p>
<p style="text-align:justify;">En  el prólogo a <em>Gesto Mecánico</em>, Sergio  Madrid  escribe: &#8220;No estamos acostumbrados a una voz femenina tan bizarra y   calentona; y al mismo tiempo tan política, como la que tenemos entre   manos&#8221;. Lo que pareciera ser una introducción amena y a la vez directa a   este libro de Karen Hermosilla, nos podría introducir también una duda  por la  necesidad de presentar el texto desde el espacio de lo <em>femenino, bizarro y  calentón,</em> para luego ser <em>político</em>&#8230;  Es decir, junto con introducir  el libro, se introduce también un  pre-texto que nos dirige hacia aquel infinito  juego de relaciones entre  géneros que al parecer todavía no genera costumbre.</p>
<p>Quizás  podríamos preguntarnos cuál sería el tránsito de <em>la voz</em> para que incite  (o mejor dicho para que el lector se defienda con eso  de que la voz incita) una  lectura que cruce tales adjetivos como  propiedad y no clasificación. Sin  embargo, la pregunta precisa, creo,  para esta lectura la tiene Margot Glantz al  preguntarse en <em>La Polca de los Osos</em>:   &#8220;¿Al ser sujeto de su propia escritura, la escritora produce otro tipo  de  textualidad?&#8221;. Estas no son preguntas que necesiten de respuesta,  al  contrario, se bastan de sí mismas dada la presencia. Sin embargo, es  necesario  hoy en día, en especial tras constantes bramidos comúnmente  históricos hacia el  devenir sexual de la escritura, no dejar que estás  preguntas pasen a ser parte  de clasificados de época. Es justamente la  textualidad en <em>Gesto Mecánico</em> la responsable del vértigo que se  produce desde los  adjetivos propuestos por Madrid. Dónde está el  adentro y el afuera. Qué es parte  de la risa, cual es su convulsión.</p>
<p>(Actos  de) Sexo y Escritura desvían vitalmente, hoy, el significado  de los cuerpos  para que la voz logre ser escurridiza, inaprensible, por  aquello que delata: la  mandíbula del espectáculo, y uno que otro  machito-consumo, poético, devorador. El  texto es parte de aquellos que  vienen a poner necesariamente en crisis el  terreno poético erguido de  los padres fundadores, así borrar la cárcel del otro  al señalarla hasta  saturarla. Esa es una de las tantas <em>bellezas</em> de cualquier   disidencia activa (aunque esta decida residir en terreno común); no se  apacigua  con la tentación de cualquier hipótesis o inclusive  significado.</p>
<p>Es  en La <em>Mueca</em> <em>Sardónica</em>, primera parte del texto,  donde yace el  grito final de la voz a mi parecer; el gesto que  desorganiza las ambivalencias  para sugerir un imaginario proveniente de  realidades ya modificadas, ya  mascadas, quizás ya consumidas, para  denunciar costumbres de lenguas dominantes  encarnadas, un <em>gesto poético-político</em> esencial en la propuesta de Karen  Hermosilla, considerando que el texto, como dice Madrid, se enuncia, como  objeto, desde la <em>voz </em>y  no como texto, producto, en sí, dado el audio de  su política. Hemos de  pensar en esta voz como un gesto desgenerado, abstraído  del cuerpo  tanto en su ausencia como saturación para hablar, como escribe  Braidotti,  de &#8220;los íconos culturalmente impuestos de la hiperfemineidad  blanca,  económicamente dominante y heterosexual que reinstala enormes  diferenciales de  poder, negándolos&#8221;. Para esto, la voz pareciera  adquirir una  corporalidad  tan líquida y desprendida  como la saliva,  capaz de amoldarse a las bocas o las figuras selectas para  construir el  imaginario. Se necesita salivar con este texto, ya que la búsqueda  por  desarmar significados yace en dicha liquidez que penetra los bloques de  lo  femenino/masculino para mojar con la política de un <em>cuerpo-quizás</em> con la señalización de metáforas ya consumidas,  habitando también la  posibilidad de una disforia de autoría que opta transitar  y detenerse  en distintos constructos para, como dice Madrid, hacer de la  metáfora  sexual, metáfora política, desde la negación del espectáculo en el  sexo  improductivo, erotismo ciego, considerando aquí que al final del día no  es  el hombre o la mujer, sino el sexo lo que se hace, el sexo y sus  infinitas  lenguas, tachadas, paradójicas.</p>
<p><em>La</em> <em>Mueca Sardónica</em> es una  elaborada y desteñida  furia tramada desde el sarcasmo. Desteñida, digo, porque  la elaboración  de la ira camina hacia la risa, risa que es ligera y aguda, risa  que  también es casi forzada como si estuviésemos cubiertos por el ácido de  la  sardonia. Esa mueca, al verse los músculos comprometidos, esa risa,  es el  regreso del sexo&#8230; consideremos, en esta línea, que el libro  termina con  &#8220;mascarón de popa&#8221;, una presencia que, podríamos imaginar,  persigue  masculinas posesiones  nerudianas  para atacar la flota por la  espalda,  agarrando al juguete del niño sin dudar de las direcciones  del barco, y sin ánimos  de heroísmo quebra-mareas. <em>La Mueca Sardónica</em>,   como entrada, transita por lugares conocidos, cartografía de espejos,  mezcla de  alma cubierta por la ingenuidad/hipocresía de principios de  siglo pasado,  poseyendo una materia de cuerpo que aniquila la nostalgia  con un híbrido entre  libertad y materialismo (¿tranquilidad?). La voz  del texto, podríamos decir, está  en alerta ante los desvíos e  imposiciones de este nuevo giro de significados;  consumo espectacular,  hegemonía muy docta en aprender los vocablos domésticos  para la  configuración de sus nuevos campos.</p>
<p>Esta  parte del texto configura el espacio para la continuación de todo <em>Gesto Mecánico</em>.  El transcurso propuesto  aquí podría reconocerse con las primeras  figuras. Un boxeador &#8220;pegando  puñetazos al viento&#8230;&#8221; y una púgil  bajando el cerro. Boxeador en cima,  como punto de partida, &#8220;tocando la  nada&#8221; para luego descender en lo  específico (condensación y  especificación) del adjetivo; desciende dejando,  quizás, los caprichos  en la cima, el sujeto se denomina ahora púgil, pero  &#8220;la púgil&#8221;, <em>voz femenina</em> que asume la tecnicidad del golpe como oficio y no arrebato. En el  boxeador, la  voz sitúa la histeria, y en la púgil, quien regresa, la  administración, el  decantar de la violencia, con lo cual podríamos  pensar que &#8220;para salvar el  día&#8221;, la voz necesita entrar y salir de las  identidades para producir  fricción y movimiento, ir hacia algún sitio,  no sabemos cual, quizás la  violencia que en realidad tampoco es tal, ya  que persigue su risa escapando de  sus cuantos golpes previos, esos que  nos llevan a repetir e imitar (cuando se  pelea por vocación, ya no  existen golpes tan gratuitos).</p>
<p>Podrá  ser que el boxeador y la púgil, al bajar el cerro, y  gestionando la mueca al  enunciarse como &#8220;sor y misionera&#8221;, nos lleven a  la <em>Hiperrealidad </em>que  sigue. Dada la conjunción creada, se  empieza a alimentar al lector y al  sitio/pasarela (el espectáculo, como  también menciona Madrid)  con lugares más convencionales como, por   ejemplo, la sumisión de la voz; sumisión que contiene en sí su torcedura  ya que  entendemos que los descensos de la voz   son más claros y  precisos que sus propios clímax. El espectáculo resulta  ser colonizador  del cotidiano, aunque, quizás, tan sólo en su estado de  cúspide;  estado ciego por extranjerismos porno, virtualidad grave, identidades   definidas y géneros intactos. La voz le utiliza para penetrar el  imaginario a  denunciar. Las posibles personificaciones de las cuales se  burla a través de su  propio lenguaje (podríamos pensar aquí también la  porno-lengua gringa), son  reflejo de la ironía hacia la propia  categoría, o quizás su desgaste, lo cual  podría asemejarse a los golpes  al viento del boxeador, como si al golpear el  fantasma del otro este  fuese amontonando  la mera carne del yo en la acción ciega; ondulación  entre un absoluto posible y  un detalle del <em>patrimonial</em>,  capturado  e inamovible; detalle que resulta ser &#8220;la temperatura del  cuerpo / la  humedad de su aliente/ la rigidez de sus muslos / la  inexpugnable y  aterciopelada piel de su escroto&#8221;.</p>
<p>Si  los cuerpos selectos fuesen ejemplos de las detenciones de la voz  en una suerte  de negación a la totalidad (&#8220;el universo nunca&#8221;), esto  sería un buena  instancia para demostrar que la selección de identidades  es también una  oscilación entre lo mayor y lo menor, lo cual es  fundamental para pensar la  posterioridad de la metáforas en materia de  sexo y su continuidad política; un  impulso hacia el desequilibrio  (liberación) buscado (o estado encontrado)  producido por &#8220;cada letrita /  por espantosa que sea / cada gestito, por  hórrido y destemplado&#8221;.  Trazando coordenadas entre lenguas y escenarios,  las identidades en <em>Gesto Mecánico</em> en  general responden con mayor certeza a una lógica de consumo en  donde la materia  esconde la disposición de ser adquirida en una máscara  de conducta echada. Todo  parece ser lo que es, habla y dispone desde  dicha esencia, pero dado el  tratamiento (de golpes) constante de la voz  hacia el sujeto otro, termina  descascarándose la cobertura del  estereotipo para quedar desnudo el sujeto en  su más pu(r/t)a esencia de  objeto, auto-modelado a consumir y distribuido por  distintas redes  comunes, desde un bar, una calle, a un fotolog. La onda de la  voz cruza  los dientes y tensa los músculos, simplemente para reírse de aquello   oscuro conocido, lugar donde la misma voz termina dando vueltas al  tropezar  (por qué no) en los caudales de una ciudad tan pop como grave  (al parecer  alguien dice que somos la nueva cuna del pop, dado que unos  cuantos  santiaguinos y otro par de chilenos se fueron a cantar  suavecito a otro lado&#8230;.).</p>
<p>Creo  que es importante considerar que lo femenino/masculino, al estar  presentes en  proyectos críticos y efectivos como el de Karen  Hermosilla, son una instancia  manipulable que se configura desde los  requisitos anexos de la voz. Desvío el  secreto, considerando,  nuevamente en palabras de Glantz, que el secreto entre  lo erótico y lo  porno, en materia de escritura, se desvanece hoy en día con la  sola  presencia de la autoría en los campos de su propia producción, voz que   señala con su libre identificación al &#8220;poder opuesto por principio a la   libertad del placer, justamente porque una de las formas que ejerce el  poder es  restringir el cuerpo&#8221;. Con la cartografía propuesta del  espectáculo, las  representaciones de los cuerpos apuntan a la  restricción del <em>significado-carne</em>. El espectáculo anida  un terreno <em>hiperreal </em>como  si fuésemos incautos espectadores del teatro  de las identidades. El  sexo escrito equivale a una presencia política posterior  a su  limitación, pero siempre con el fantasma de sí mismo. La voz encarna:   &#8220;tu sexo no me dice más / que estás gritando magníficas imprecaciones / a   un Dios que no existe / a un hombre gigante que te ordena erectarte&#8221;.   Revestimiento por ordenanza. El texto se  devela. ¿Será el verso  entonces su gesto mecánico? ¿El género electo?.</p>
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